Vivimos cegados por los deseos mundanales, queremos un mejor auto, un mejor celular... Nada de eso significa algo, todos son objetos, ninguno te hace real o significativo. Las palabras, la gente que pones en movimiento, las lecciones aprendidas, eso se queda, es parte de ti y no se pierde ni con la muerte del ser.
El necio es como una roca, inerte, incapaz de trasladarse.
El religioso es una ola predecible, constante, dañino para con la costa, su llegada es esperada y destructiva, arranca de tajo una hermosa obra por considerarla diminuta en comparación de su gran magnificencia.
El cobarde es un saco de arena, prisionero de su mente, fácil de trasladar y doblar, contenido e insignificante.
El ambicioso no tiene nada pues sólo quiere lo material y nunca se sacia, las ambiciones son buenas pero ellas implican pelea, esfuerzo, sacrificio, el ambicioso no aspira a ser un mártir de sus deseos, lo quiere todo y lo quiere ahora.
Nuestros políticos poseen cada una de estas características, son elegidos para perpetuar el Status Quo de opresor y oprimidos, pero en su gran poder no son más que niños malcriados y golosos, incapaces de sobreponerse al daño que ellos mismos generan, viven en el mundo que crearon y por eso lo merecen.
El mundo de las buenas personas es muy diferente y aunque en verdad no se encuentra separado del mismo mundo al que pertenecen las lagartijas que lo desean todo. Es como las dos caras de la moneda que si bien habitan el mismo cuerpo nunca observan el mismo lado.
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